Herederos del Silencio – Postdata

  Por www.gabrielacerruti.com/ar el 30 mar 1997

1997

Cuando yo tenía catorce años mi mejor amiga era la hija un torturador. No de un torturador cualquiera: el padre de María Elena era Jorge “El Tigre” Acosta, jefe del Grupo de Tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada, la Esma, quizá el más espeluznante de todos los campos de concentración que funcionaron en la Argentina entre 1976 y 1982.
Compartíamos con María Elena el último banco del lado de la ventana del 2° Año, División C, turno mañana, del Colegio Nacional de Punta Alta, un pueblo en el sur de la provincia de Buenos Aires. Escuchábamos canciones de Sui Generis y nos escribíamos solemnes promesas de amistad para toda la vida.
Algunos organismos internacionales denunciaban que el gobierno había secuestrado, torturado o asesinado a miles de personas, pero nuestros profesores decían que era todo parte de una campaña antiargentina. Para nosotras, eran tiempos de gloria y fervor patriótico. Pero nuestros padres discutían la posibilidad de una guerra con Chile mientras todos adorábamos a Mario Kempes y Diego Maradona. La directora anunciaba en los actos de la escuela que combatiríamos a “ese enemigo sin Dios, sin Patria y sin Bandera” y el sacerdote oraba en la misa para que nuestro Dios le diera “pan al que tiene hambre, y hambre y sed de justicia al que tiene pan”.
María Elena tenía la cara morena como su padre, El Tigre, y también como él unos ojazos marrones rasgados y una mirada sofisticada. Había vivido en Buenos Aires, y yo, que creía que mi amiga Jackeline era extranjera porque hablaba en jerigonza, la imaginaba mundana y cosmopolita. María Elena fue la primera de la clase que tuvo remeras de cloqué,  una extravagancia fruto de alguno de los viajesque su familia solía hacer a Europa. Yo había viajado algo por la  Patagonia porque mi papá manejaba colectivos que iban desde Bahía Blanca hacia el sur. Pero nunca había estado en una ciudad grande y Buenos Aires era, como París, un mundo que atisbaba a través de las ventanas de las protagonistas de telenovelas.
María Elena vivía del otro lado de la vía, y allí residía buena parte de su encanto y su misterio. La vía separaba la Base Naval Puerto Belgrano de Punta Alta, en donde habitaban los desterrados del Paraíso militar, Envidiosos, resentidos o simplemente resignados, los civiles veían pasar la vida entre ese puñado de casas grises mientras soñaban con que el hijo varón fuera algún día capitán, o que la hija mujer lograra cazar a un teniente recién egresado de la Escuela Naval. En esa apuesta residía la única posibilidad de ascenso social de la familia y, por eso, el calendario se dividía en antes y después del arribo de la Fragata Libertad. La “Fiesta de los Cadetes”, el agasajo a los jóvenes marinos durante su escala en Puerto Belgrano, era el escenario propicio para convocar el milagro.
El baile que se hacía en el Salón del Cine de la Base era el evento de cada primavera. Nos preparábamos desde agosto, después de la fiesta del Club de Leones, donde las quinceañeras debutábamos en sociedad.
Hoy soy todo flor y sol.
Hoy soy todo llanto y canto.
La primavera pintó mi corazón
y con caricias de amor
cubrió todo con un manto:
un hechizo soñador.
Y esta primavera es distinta para mí
pues los tan esperados
quince años han llegado.
¿Deseas hacerme feliz
pasando este día a mi lado?

El poemita adornaba la invitación que llegaba al Colegio: un austero rectángulo de cartulina rosado, pero escrito en letras de molde doradas que presagiaban futuros posibles.
El  día indicado entrábamos al Casino de Oficiales de Mar balanceándonos en nuestras “skipis”, esas sandalias de plástico de diminuto taco chino que se nos antojaban fantásticas plataformas. Con el pelo enrulado a base de “trapitos” y el corazón ansioso, ensayábamos nuestras primeras seducciones dejando caer unos párpados demasiado pintados de celeste o verde y mordiéndonos el labio inferior, como habíamos visto hacer a Marilina Ross en Piel Nurunja, una novela de Alberto Migré. Un vaso de sidra alcanzaba para embriagarnos y nos alentaba a pespuntear retazosde alcahueterías, sospechas e intuiciones: “Gisella tiene un hermano en la Escuela Naval que dice que hay un cadete rubio de ojos verdes que no tiene novia, el hijo del capitán Reina egresa este año y los hermanos Suárez están todavía solteros”.
Yo me moría por Claudio, “El Rana”, pero él se moría por María Elena. De todos modos, no funcionó: antes de terminar el primer año lo expulsaron por “ineptitud física”. Volvió a Punta Alta avergonzado ante la brusca confirmación de su espíritu sensible y se refugió en la comprensión Alberto, “el Beto”, que tampoco había podido ingresar pero por culpa de sus antecedentes familiares. “Los padres de Beto son gitanos”, repetíamos con malicia y compasión. Era unasombra tenebrosa que lo perseguía, y nosotras lo amparábamos  con solidaridad adolescente, seguras de que nadie debía  pagar por los actos de delincuencia de sus padres.
Las vísperas de La Fiesta estábamos exhaustas de tantosusurrar, y todo el trajín de esas semanas decantaba en el momento en que nuestras madres nos probaban por última vez el vestido. Apenas pisábamos el destacamento, el puesto de la guardia en que debíamos dejar nuestros documentos para que nos autorizaran a visitar por algunas horas al otro mundo, el cansancio se había desvanecido por embrujo. Seguían abrumándonos sólo nuestras inseguridades y la íntima certeza de que tampoco ésta sería nuestra gran noche.
En sus trajes blancos de marineros de lujo, los cadetes se sentaban en las sillas dispuestas en círculo alrededor del salón, y las cenicientas desfilábamos por el centro, sonrisa incauta y caderas tímidas, dispuestas a adivinar en cada mirada la caricia salvadora. Antes de la primera pieza, las parejas ya se habían armado y las infortunadas despechadas estábamos condenadas a esperar que nuestros padres, ese manojo de italianos y gallegos ambiciosos, hiciera cola para retirarnos en la puerta del Cine de la Base a las cuatro de la madrugada, cuando la fiesta ya había terminado hacía mucho para nosotras.
El Cine de la Base fue mi Palacio Encantado. Allí festejamos los quince años de Cristina, mi otra “mejor amiga”, y allí bailé al ritmo de “Gotas de lluvia sobre mí” en la clausura de una kermés organizada por la escuela. Veinte años después yo vivía en Devonshire Place, un departamento desde el que se veía el Regent Park, en Londres, cuando leí El Vuelo, de Horacio Verbitsky; supe entonces qué otras cosas sucedían en esos mismos meses en el Cine de la Base.
— ¿Cómo llegaron a usted las órdenes de arrojar prisioneros inermes al mar?
—La primera información la recibí del almirante Luis María Mendía, que era Comandante de Operaciones Navales, ante las planas mayores de todas las unidades del área Puerto Belgrano, reunidos en el Cine de la Base en 1976. Planteó que estaban previstas operaciones militares especiales que se iban a instrumentar de acuerdo a las circunstancias, para adecuarlas a la lucha contra un enemigo que no estaba contemplado dentro de los organigramas normales. Explicó que desde la Colonia se usaron uniformes para diferenciarse los dos bandos. Luego habían servido para mimetizarse con los distintos terrenos. Ahora se iban a usar ropas civiles para mimetizarse en el medio civil. Estaban todos los oficiales del área Puerto Belgrano, en el Cine de la Base, no en el de la Flota. Con respecto a los subversivos que fuesen condenados a muerte o que se decidiese eliminarlos comentó que iban a volar, y así como hay persona que tienen problemas no iban a llegar a destino.


María Elena debió mudarse de Puerto Belgrano antes de que terminara el año 1979. El capitán de corbeta Luis D’Imperio, alias Abdala, reemplazó a su padre en la Jefatura de Inteligencia del Grupo de Tareas de la ESMA y la familia viajó a los Estados Unidos.
Ella estaba harta de esa vida nómade que a mí me fascinaba. Las esposas de los oficiales se quejaban siempre ante mi madre, directora de la Escuela, porque los viajes obligaban a sus hijos a cursar en tres colegios diferentes en un año. Las que estaban felices eran las esposas de los suboficiales: si un oficial se iba de pase, ellas podían recibir parte del  pan que les correspondía. Como la panadería horneaba diferentes clases según el grado del marino, la mayor alegría era probar los miñones de los almirantes.
El Tigre Acosta iba poco a su casa, pero sabíamos que siempre podíamos contar con él. Nos amonestaban en el Colegio: bastaba con que se pusiera las jinetas y se apersonara en  el rectorado para que todo quedara solucionado. Cerraban el boliche a las tres de la madrugada: él llamaba por teléfono  para que nos dejaran quedar un rato más.
Un  viernes de abril de 1979 tocábamos la guitarra en un aula durante una hora libre. Hacía mucho calor y los varones  se habían quitado sus sacos. La rectora pasó frente a la ventana que daba al pasillo, vio la escena y se indignó: diez amonestaciones para cada uno. A la mañana siguiente, El Tigre se presentó, displicente y casual, en el Colegio.
¡Estaban descamisados! —bramó indignada la señorita Fernández, para conmoverlo.
- Son inofensivos, contestó el Tigre, indulgente
Mi hermana Sandra recordaría esa escena seis años después, cuando leíamos el Nunca más, el informe final de la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas, en nuestra casa de La Plata.
El día de los traslados la atmósfera estaba tensa. No sabíamos si sería o no nuestro turno.
Comenzaron llamando a los prisioneros por número…
Los llevaban a la sala de primeros auxilios en el subsuelo, donde una enfermera los esperaba para darles una inyección que los hiciera dormir, pero no los mataban. Entonces los sacaban así, dormidos, por una puerta lateral y los ponían en un camión. Los llevaban al aeroparque de Buenos Aires medio dormidos, los ponían en un avión que volaba sobre e1 río hacia el mar y los tiraban vivos.
El capitán Acosta prohibió mencionar el tema de los traslados. Pero en momentos de histeria él mismo diría cosas como “al que traiga problemas le vamos a dar un pentonaval y lo mandamos a volar”.


Sólo una vez vi histérico a El Tigre. En el dormitorio de María Elena, las dos tiradas sobre la alfombra, yo miraba fascinada cómo ella meneaba su cabeza al ritmo de la música que escuchaba a través de unos auriculares japoneses. Para mí, que acababa de recibir como regalo de cumpleaños un enorme tocadiscos, esos insólitos aparatos negros representaban una dimensión desconocida.
El Tigre abrió la puerta y se reclinó sobre el marco. Por algunos segundos, la envolvió suavemente en una mirada de infinita ternura. María Elena tenía los ojos cerrados y exageraba el éxtasis que le producía la música, igual a como hacían las modelos en las propagandas de los cigarrillos “Jockey”.
El Tigre apoyó su dedo índice sobre los labios para que no lo delatara: tenía las manos grandes, tersas y brillantes, como si estuvieran siempre envueltas en sudor. Caminó despacio, casi en puntas de pie, sigiloso y felino. Dobló suavemente su inmenso cuerpo sobre el de María Elena y la besó en los párpados.
Los dos sonrieron, amantes, y fue como unasonrisa transformada en cordón umbilical, una única sonrisa fluyendo de un cuerpo hasta humedecer el otro.
Delicado, el Tigre desprendió los auriculares de la cabeza de  María Elena y se los probó. Centelleó el infierno, un velo se cayó y la sonrisa era una mueca siniestra. De un tirón se arrancó los auriculares y le estampó una bofetada, con sus manos grandes, tersas y brillantes.
“¡Si te vuelvo a ver con esta música te mato, pendeja de mierda!”, le gritó. Se fue de la habitación dando un portazo y yo salí detrás de él. Nunca pude volver a esa casa.
Aunque María Elena no me había acusado ante él, estaba claro para toda su familia que el long-play nuevo en el que León Gieco cantaba “María nació en el campo, junto con la libertad…” era mío.
Protegí con mi discreción la vergüenza que le había causado la escena. Al fin de cuentas, todas teníamos discusiones con nuestros padres por la música que escuchábamos. Mamá nos había prohibido tararear el final de “Confesiones de invierno” porque blasfemaba al decir “Dios es empleado en un mostrador, da para recibir”. Si iban a buscarnos a las guitarreadas, teníamos que cambiar un verso de “Quizás porque…” y en lugar de “es que hoy estás aquí en mi lecho”, cantábamos “es que estás, aquí en mi pecho…”.
El día en que mataron a Paula Lambruschini, la hija adolescente del comandante en jefe de la Armada, en una explosión destinada a asesinar a su padre, yo llegué a casa desolada. No la conocía, pero había sido amiga de mis amigos. Ella estaba en ese momento viviendo en Buenos Aires, pero un año antes había cursado el tercer año en el Colegio Nacional de Punta Alta, donde yo iba al primero. Se me llenaban los ojos de lágrimas de rabia e indignación y sobreactuaba mi tristeza con cursilería adolescente mientras repetía el discurso que había escuchado de mis compañeros más grandes.
Papá estaba apoyado en la mesada de la cocina, comiendo fideos de una olla, con cucharón. Raspaba el fondo para recuperar los que se habían quemado, que eran los que prefería porque habían absorbido más tuco. Me escuchó despotricar sin decir palabra hasta que por fin, casi con timidez y sin mirar hacia donde estaba mi mamá, se animó.
—Esos pibes se están dejando matar por sus ideas. No tenés que hablar mal de ellos.
Lo dijo rápido, en un susurro gritado, con la falta de sutileza que da el temor, como si fuera un nene dejando escapar una mala palabra delante de su madre. A la vez, avergonzado por lo que estaba haciendo e incapaz de seguir reprimiéndose. Turbado, casi temblaba y se le podía adivinar la admiración, el respeto, la emoción que le producía ser capaz de decir lo que pensaba. Me obstiné, terca y banal.
—Matan gente, ¿entendés? ¡Mataron a Paula, son asesinos!
Era una discusión en la que él no quería entrar, pero que tampoco estaba dispuesto a perder. Me miró con incomprensión, se dio vuelta y se fue murmurando.
—Tienen ideales… Se están dejando matar por sus ideales.
“Muerte” era una palabra demasiado importante para mis quince años. Me seducía y me causaba pavor al mismo tiempo. La primera vez que escribí algo sobre la muerte fue el 9 de diciembre de 1977, el día en que cumplía doce años.
Me gustaría, Señor, una muerte imprevista, que nada me avisara la llegada del hecho,
que se entere mi alma al despertar un día
que en la noche la vida se marchó de mi lecho.
Que pongan en mis manos algún ramo de flores, prendido en mi vestido un poema de amor,
¡me gustaría tanto que mi gente no llore!

Si pudiese contarles cuan feliz  seré yo…
Un entierro sencillo, con la gente que quiero,
Y cubriendo mi tumba mil rosas color té.
Una placa de mármol, el mejor de mis versos,
y grabado en la piedra, sólo tres letras: Fue.
Que un 9 de diciembre, un amigo sincero,
se acerque a alguna iglesia, eleve una oración,
que busque en un armario un retrato muy viejo
y ponga dulcemente junto a él una flor
Punta Alta,
9 de diciembre de 1977.

Se lo regalé a María Elena apenas nos conocimos. Era mi prueba de amistad, lo más personal y profundo que podía entregar. Supe años después que el mismo día en que yo lo había escrito, su padre recibía en la Esma a las monjas secuestradas por Alfredo Astiz.

La cuarta y última vez, cuando fui con Astiz a una casa privada en La Boca había sido decidido que la gente que fuera a esa reunión iba a ser secuestrada. Era una de cinco operaciones que se llevarían a cabo entre el 8 y el 10 de diciembre. Las otras cuatro operaciones eran: el secuestro de un grupo que se reunía en la Iglesia Santa Cruz, el secuestro de los que se encontraran en una reunión en un bar en la esquina de Belgrano y Paseo Colón, el secuestro de Azucena Villa flor, fundadora de las Madres de Plaza de Mayo, cuando estuviera dejando su hogar y el secuestro de una de las monjas, Léonie Duquet, en la casa que compartía con Alice Domon, quien había sido previamente secuestrada (…) Las doce personas finalmente secuestradas fueron mantenidas en la Capucha por unos días y luego fueron trasladadas. Durante ese tiempo, permanecieron en el sótano donde fueron interrogadas y torturadas por el Capitán Acosta…

Cuando la hija del Capitán Acosta, mi amiga María Elena, se fue de Punta Alta en la primavera de 1979, me dejó esta carta sobre el pupitre.
Querida Gabriela:
Debo decirte que fue un placer compartir con vos y los chicos este año lectivo.
Tal vez ustedes olviden a esta chica un poco ploma, un poco chiquilina, un poco loca, y olviden este paso rápido, furtivo, que hice por sus vidas pero tenlo por seguro que yo no podré olvidarlos.
En este curso compartimos momentos de alegría, de esperanza, momentos de tristeza y desesperación, pero luego nos reconfortamos mutuamente, influyéndonos una dosis de amistad.
Es por eso que te envío estas líneas. Es porque siento que una amistad empezada no se puede interrumpir, porque si dos personas se sienten unidas por ese sentimiento hermoso que es la amistad no debe la distancia ni ningún otro factor romperlo en pedazos.
Mirá, que hasta se me hace difícil retener esta lágrima pensando en que los dejo.
En esta carta va un pedacito mío para vos y me gustaría mucho poder expresar por palabras lo que siento pero me veo impedida.
No quiero que me tomen por tonta, pero soy una romanticona sin arreglo.
Amiga, espero poder regresar pronto y hallar nuevamente reunidos a todos los integrantes de 2° C y especialmente a los realmente amigos.
Quedo tuya, tu amiga que extrañará un poquito esa “competencia” que nos inventaron pero era tan sólo un ímpetu pequeño de la propia superación.
Tuya,
tu amiga María Elena.
PD: Ruego tengas esta carta muy para vos.

Lloré al despedirla y le juré que volveríamos a vernos. SiBuenos Aires era para mí un paraíso demasiado lejano, los Estados Unidos eran una idea inabarcable. Pero a los quince años la amistad se sueña omnipotente y durante mucho tiempo esperé el reencuentro, la posibilidad de resucitar esa complicidad que nos había suavizado un poco el infierno por el que atravesábamos entre 1978 y 1979. El de los años más crueles de la adolescencia.
Recién cuando se fue comprendí que nos había unido sobre todo una cierta solidaridad de marginales. En el mundo de los hijos de oficiales, como en el mundo de los ricos, las jóvenes son flacas, rubias y bellas. Están siempre bien vestidas y juegan bien a todos los deportes. En Puerto Belgrano, los fines de semana se repartían entre el partido de hockey, el boliche y la salida en el velero. Todas parecían hacer todo bien e inevitablemente recibían la generosa retribución de las miradas que ellas reservaban para dios cuando jugaban al rugby contra los “gronchos” de Tiro Federal.
María Elena y yo jadeábamos al primer abdominal, nos daba vergüenza ponernos el equipo de gimnasia porque nos marcaba la cola, y no íbamos al boliche porque no sabíamos bailar. Éramos morochas y gorditas.
El 9 de diciembre de 1985, cuando cumplí veinte años, hacia ya algunos años que no pensaba en María Elena.
Vivíamos en La Plata, adonde nos habíamos mudado cuatro años antes, y yo estudiaba periodismo. Mis amigos comenzaron a llegar a la hora de la siesta y nos fuimos amontonando en la cocina, alrededor de la mesa de fórmica. La masa de las pizzas todavía levaba en una olla cuando destapamos las primeras cervezas. La televisión estaba encendida, con el volumen bajo.
A las cinco de la tarde nos sentamos como pudimos, en el piso, sobre las sillas o la mesa, y durante unos minutos quedamos en silencio. Pero nada sucedió. Recién cuarenta y cinco minutos más tarde un locutor anunció que comenzaba la transmisión desde el recinto de la Cámara Federal. Alguien dijo “Señores, de pie…” y todos los presentes en la Sala de Audiencias se pararon. Nosotros intentamos localizar las caras de los ex comandantes, pero no estaban allí. “Serán notificados de la sentencia en su lugar de prisión”, explicaron.
El presidente del tribunal, Carlos León Arslanian, se acercó al micrófono y comenzó a hablar con voz serena pero potente: “Declárase abierto el acto a fin de dar lectura de la parte dispositiva y del considerando que la precede de la sentencia que el Tribunal acaba de suscribir en la causa número 13/84, instruida por decreto del Poder Ejecutivo Nacional 158/83 contra las siguientes personas: teniente general Jorge Rafael Videla, almirante Eduardo Emilio Massera, brigadier general Orlando Ramón Agosti, teniente general Roberto Eduardo Viola, almirante Armando Lambuschini, brigadier general Ornar Rubens Graffigna, teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri, almirante Jorge Isaac Anaya, brigadier general Basilio Arturo Lami Dozo. Con motivo de los delitos cometidos en la represión del terrorismo subversivo”.
Los últimos en llegar se fueron acomodando sobre la mesada y mis padres se refugiaron en su dormitorio. Abandonamos la cerveza y preparamos mate mientras metíamos las primeras pizzas en el horno. A las siete había comenzado a llover y mi perro Nicolás rasguñaba la puerta de la cocina para que lo dejáramos entrar. A esa hora se conoció la primera condena:
“Condenando al teniente general (RE) Jorge Rafael Videla (…) a la pena de reclusión perpetua, inhabilitación absoluta perpetua, accesorias legales, accesorias de destitución y pago de costas.” Una foto de Videla ocupó la pantalla del televisor. Alguien aplaudió detrás de mí, pero casi todos seguimos en silencio. “Hijo de puta”, murmuró mi amiga Cecilia, mientras envolvía mis manos con las suyas para obligarme a dejarlas quietas.
Las lágrimas se me caían sin ruido ni sollozos. Quizá sea así como se llora de desolación y soledad. La inmensa soledad de estar parado frente al destino, al final de una  tragedia o al inicio de otra, incapaces de transferir lo que se siente, de compartirlo, un instante de felicidad supremo pagándole tributo a tanto sufrimiento, a tanta muerte, a tanto desconsuelo. La inconmensurable desolación de estar de puntillas sobre un tiempo sin presente, en el momento exacto que separa al pasado del futuro, intuyendo la historia y sintiendo al mismo tiempo la inhabilidad más absoluta para comprender lo que está sucediendo.
Arslanian seguía leyendo. Emilio Eduardo Massera, condenado a prisión perpetua, inhabilitación absoluta perpetua, accesorias legales, accesorias de destitución y pago de las costas.
Fue la última cadena perpetua. Siguieron diecisiete años para Viola, ocho para Lambruschini y cuatro y medio para Agosti, para quienes la Fiscalía había pedido también la pena máxima. El murmullo de la Sala de Audiencias se repitió en la cocina. “Forros”, gritó Sonia, mientras se paraba de un salto. Una de las ollas con restos de masa rodó y se estrelló contra el piso. La televisión mostraba a una de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, que salía indignada de la Sala mientras se ataba apresurada el pañuelo blanco alrededor de la cabeza. Marcelo intentó balbucear una defensa, pero no pudo terminarla: “No seamos boludos, es la primera vez que se los juzga, que van en cana, no se hizo en ningún otro país…”. Imposible: no queríamos escuchar nada que justificara lo que no estábamos dispuestos a aceptar.
Si ese sentimiento de asco y ese deseo profundo de no verlos nunca más era odio, lo había conocido al fin. Mi casa era un desbande: algunos se habían ido, furiosos, incapaces de estar quietos con tanto enojo dentro. Otros se refugiaron en el living, buscando infructuosamente palabras más duras con que expresar la bronca. Cecilia y yo nos quedamos en la cocina, mirando el televisor.
El último punto de la sentencia anunciaba que la Cámara había dispuesto que se abrieran nuevas causas, ahora para determinar la responsabilidad de aquellos que “ocuparon los comandos de zona y subzona de Defensa, durante la lucha contra la subversión, y de todos aquellos que tuvieron responsabilidad colectiva en las acciones”. Un locutor anunciaba los nombres como un epígrafe a cada una de las fotos que, en blanco y negro, iba apareciendo en la pantalla.
El general Ramón Camps, por su gestión al frente de la policía bonaerense; el general Guillermo Suárez Mason y sus principales subordinados, por la actuación del 1 Cuerpo de Ejército; el almirante Rubén Chamorro, jefe de la Esma, y sus principales subordinados, entre ellos el capitán Jorge Eduardo Acosta.
El Tigre. Era la misma foto de siempre, una ampliación borrosa de su rostro recortado de aquella famosa tapa de una revista en que se abrazaba con dos vedettes. Fue sólo un segundo y ya seguía el general Luciano Benjamín Menéndez, jefe del III Cuerpo de Ejército.
Yo había visto esa foto mil veces. Un torturador, un asesino. Nadie podía confundirse. Sonrisa de asesino. Mirada de asesino. Cecilia sabía bien que de todos los represores yo odiaba particularmente a Acosta y por eso no se asombró cuando vio mi gesto de desolación. Me abrazó con ternura.
—Tranquila, Negrita, ya se fueron.
—Esos ojos…
Me levanté de un salto y entré sin golpear al dormitorio de mis padres. Papá dormía y los ronquidos retumbaban en toda la habitación. Mamá llenaba las palabras cruzadas del diario sobre su mesita de luz. Apenas si me miró, harta ya del tumulto que había en la casa. Me subí a una silla y busqué en el ropero al que había convertido en mi archivo personal la bolsa de poliestireno celeste que tenía pegada una hoja blanca con la leyenda “Esma”. En todos los recortes de diario se repetía la misma foto.
El rostro moreno, el mentón afilado, los ojos negros y grandes, un poco árabes. ¿Nadie podría confundirse? Tal vez si esa mirada no cargara tantos fantasmas no sería feroz, sería tierna y profunda. Triste. Sofisticada y misteriosa. Como la de María Elena.
Juraría hoy que jamás se me había ocurrido hasta ese momento. Comencé a pasar los artículos buscando como loca un dato que me desmintiera. Leí que desde agosto de 1979 no se conocía su destino y que se suponía que se habían marchado al exterior. Saqué cuentas rápidamente y me convencí con alivio de que después de esa fecha yo había estado con María Elena en Punta Alta. Entonces no podía tratarse de la misma persona. Sabía que si buscaba en la caja en que guardaba las cartas que nos mandábamos en aquel momento podría cerciorarme, pero decidí que no hacía falta. Elegí creer que una inoportuna casualidad había hecho que el padre de mi amiga tuviera el mismo nombre que un asesino.
Algunas veces, durante los años siguientes, el sentido común me hacía intuir que no podían ser dos personas diferentes. Entonces inventaba una historia según la cual María Elena vivía ahora en un barrio pobre del Gran Buenos Aires, atendiendo un kiosco, escapando de la cruenta historia de su padre. Nunca más se habían visto y ella se había convertido en una militante por los derechos humanos. María Elena no tenía por qué cargar con las culpas de su padre. Si me habían engañado a mí, bien podían haberla engañado a ella.

Desde entonces, en los diez años que siguieron a aquellas sentencias, sucedieron demasiadas cosas. Aquella vocación de verdad y justicia se fue apelmazando. Nos fuimos olvidando cada vez más del infierno y de la redención. Cuando comenzaban los noventa, hablar de la represión, de las desapariciones, de las torturas, era casi una conversación de cofradía, de aquellos que compartían ciertos códigos. Los que no eran capaces de “reconciliarse”, los que seguían odiando” en un país donde nos convocaban a que todos fuéramos amables. Para no ser marginales, debíamos dejar de pensar, de recordar, de hablar.

Aunque el gran final fueron los indultos que firmó el presidente Carlos Menem, el escenario había sido establecido en las Pascuas de 1987. “Cuando la espada llegó al corazón, el toro estaba muerto, aunque no lo sabía”, relataba un torero. Nosotros fuimos derrotados entonces, aunque tardamos casi tres años en darnos cuenta.
Era abril. Yo comenzaba a trabajar como periodista. El Papa visitó Buenos Aires. Yo lo había visto por primera vez en 1982 cuando, durante la guerra de Malvinas, pasé una noche en vela en Luján rezando, en un arranque místico, por el triunfo de los militares argentinos frente a los británicos. Yo era distinta, pero el Papa también. “Para que nunca más haya jóvenes desaparecidos”, dijo esta vez en uno de sus discursos, y lo vivimos como la señal de una Argentina nueva.
Unos días después, un grupo de militares rebeldes encabezados por Aldo Rico se auto acuarteló en Campo de Mayo en un intento de golpe militar. Defendimos la democracia como se defienden las grandes causas. Noches en vela, vigilias en la Plaza de Mayo, movilizaciones en las calles y la convicción de que estábamos formando parte de la historia.
Nos habíamos pasado los últimos años viviendo con la culpa de saber que la generación que nos había precedido, los jóvenes de los setenta, habían muerto por darnos un mundo mejor. Que habían luchado por sus ideales, que habían sido comprometidos, heroicos y valientes. Que nosotros éramos una generación paria, en un mundo en el que ya no había grandes ideologías, sueños ni apuestas.
Por fin había llegado nuestro momento. Teníamos una gran razón, y una convocatoria a la heroicidad. Era nuestra primera gran batalla, y no estábamos dispuestos a perderla.
En medio de una tensión inigualable, el presidente viajó a Campo de Mayo en un helicóptero para reunirse con los militares rebeldes mientras miles de ciudadanos ocupábamos las plazas y las calles de todo el país. Media hora después apareció en los balcones de la Casa Rosada. “Felices Pascuas”, dijo.
Los golpistas habían conseguido todo lo que pedían. Alfonsín les había prometido la Ley de Obediencia Debida que garantizaba que los juicios por violaciones a los derechos humanos no proseguirían.
A esa altura, la indignación de aquella noche en que escuchábamos las sentencias se nos presentaba pueril. No habíamos sabido darnos cuenta de que era lo mejor que nos había pasado; el futuro sólo podía ser peor. Y lo fue. A la Ley le obediencia Debida siguió la del Punto Final, las dos durante el gobierno de Raúl Alfonsín, y luego los indultos y la libertad de los ex comandantes que decretó el presidente Carlos Menem.
Cada vez sufríamos menos, porque cada vez nos importaba menos. El día después de los indultos marchamos en, silencio alrededor de la Plaza de Mayo, con la triste resignación de quienes han estado esperando esa muerte por demasiado tiempo.
El rostro de María Elena se fue esfumando junto al de los militares, como si se convirtieran en fotos viejas. Esas fotos que las Madres de Plaza de Mayo seguían paseando cada jueves. Obcecadas. Ellas sí, incapaces de olvidar.
Una noche del invierno europeo de 1995, diez años después de aquella tarde en la cocina de mi casa, leí en Londres la nueva edición de Recuerdo de la muerte, el libro de Miguel Bonasso. Yo lo había leído con pasión la primera vez que fue publicado en 1984, cuando nos asomábamos al infierno que él describía y queríamos saber todos los detalles de lo que había sucedido.
Cada palabra del libro me despertaba las mismas sensaciones que diez años atrás. Yo lloraba, incapaz de discernir si me conmovía más lo que les pasaba a los protagonistas o la memoria de aquel año en que saludábamos la democracia como el inicio de un país mejor.
Hacia el final del libro, Bonasso mencionaba a la hija del Tigre, María Elena Acosta, actuando como apoderada de su padre en negocios poco claros. Llamé a Bonasso, angustiada:
— ¿Vos estás seguro de que se llama María Elena?
—Sí, claro, si hasta trabajó como secretaria de Massera. Y está casada con un marino.
Luego de tantos años, María Elena era mi presente. Y yo estaba condenada a recordar.
La última secreta esperanza que me había tranquilizado y que había ayudado a mi serenidad y mi indiferencia acababa de desmoronarse. Ahora entendía por qué aquel 9 de diciembre de 1985 había deseado con una vehemencia incomparable que lo fusilaran.
Mi amiga María Elena amaba a ese hombre que había secuestrado, asesinado y torturado. El que había subido personas a los helicópteros para que las arrojaran vivas al Río de la Plata. El jefe de operaciones de un grupo de tareas que tuvo a su cargo implementar las acciones más siniestras de un genocidio. Ese asesino había sido un buen padre para María Elena. Ella había sido sin dudas una buena amiga para mí.
¿Cuál era el secreto lugar en que él se convertía en un monstruo? ¿Qué mecanismo de la razón o la pasión hacían que mi amiga no sólo no se sublevara contra él sino que siguiera a su lado, en esos pasillos, en esas oficinas en donde reina para siempre la muerte de tantos?
Necesitaba creer que había un momento concreto en que se producía una transformación esencial, que el Tigre y el papá de María Elena era las dos caras de un Jano contemporáneo y criollo. Mi amiga no había conocido la cara feroz y repugnante del monstruo durante aquellos años en que habíamos compartido alegrías fortuitas, desdichas y desganas.
Esa persona había sido mi alma gemela, y yo creía que la conocía bien. Si había otra María Elena, una que sabía Io que estaba sucediendo, que no se había asqueado y que era capaz de vivir con esa certeza, jamás se mostró detrás del rostro de aquella adolescente. Si la escisión había sido posible en El Tigre, debía haberlo sido también en María Elena. De otra forma, yo había querido a una persona que era capaz de entender, justificar  y amar a un represor. Confiaba demasiado en mi intelecto, mi razón y  mi intuición para aceptar  que, simplemente, me habían engañado. Que no me había dado cuenta de nada.
Sabia fehacientemente que no tenía información real y concreta sobre lo que estaba sucediendo. Pero no podía dejar de preguntarme qué era lo que yo había querido de María Elena, en qué lugar de la sensibilidad teníamos algo en común.
¿Qué pensaría yo hoy de María Elena si hubiera seguido viviendo en Punta Alta? Preferí creer que había hecho un camino racional y emotivo hacia la comprensión de la realidad. Pero la molesta sensación de que sólo una pizca de azar había cambiado mi vida definitivamente jamás me abandonó.
Argentina, el país más civilizado de Latinoamérica, con mayor número de intelectuales y profesionales de la región, orgulloso de su vida social y su ambiente académico, vanidoso en su arquitectura y refinado en sus costumbres. La cuna de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, de cuatro músicos eximios, bailarines magistrales y futbolistas inigualables. Entre el tango y el Teatro Colón, los cines de la calle Corrientes y las librerías abiertas las veinticuatro horas, el mayor número de psicoanalistas por habitante luego de Nueva York, tiradas excepcionales para diarios y revistas prestigiosas. Mujeres finas y bellas en la calle, ejecutivos encantadores en la City porteña, automóviles último modelo y viajes al exterior.
En la Argentina entre 1976 y 1983 una banda de militares y policías secuestró, asesinó y torturó con los métodos más viles a miles de ciudadanos; los detuvo en campos de concentración; los trasladó drogados en helicópteros desde donde los arrojó todavía vivos al Río de la Plata; asaltó las casas de sus víctimas; robó bebés y niños nacidos en cautiverio para entregarlos a las familias de los torturadores. Casi treinta mil personas pasaron a ser consideradas “desaparecidas”, una categoría hasta entonces desconocida en el mundo: nunca más nadie pudo dar cuenta de su suerte.
Un campo de concentración funcionaba a veinte kilómetros de la plaza donde yo coqueteaba con mi primer novio. En el salón donde bailábamos, los marinos recibían instrucciones sobre cómo tirar hombres y mujeres vivos al mar. Yo reía a carcajadas del otro lado de la pared del sótano en donde estaban torturando con picana eléctrica a una madre frente a su hijo. Quizá no sabía, o quizá sí. Seguramente no entendía la dimensión de lo que estaba sucediendo, probablemente no comprendía los alcances, las consecuencias, el sadismo, la inmensidad. Pero, de haberlo sabido, no puedo asegurar qué hubiera hecho. No sé si me importaba lo que pudiera pasarles a esos seres humanos a quienes había desterrado de la sociedad porque pensaban diferente que yo, esos jóvenes a quienes había convertido en monstruos, en enemigos, en culpables de todas nuestras desdichas. Al fin de cuentas, ellos también mataban. Yo creía que era la guerra, y en la guerra es unos u otros, ellos o yo. Aunque haya que torturar, asesinar o secuestrar.
Tenía catorce, quince, dieciséis años. Disfrutes y melancolías: una vida común. Bailaba, soñaba, construía quimeras e imaginaba porvenires.
En la Argentina, entre 1976 y 1983, en la puerta de al lado de mi casa se estaba llevando a cabo un genocidio. Yo era feliz.

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