Por Gabriela Cerruti, desde Londres
La única manera de llegar hasta el timbre es saltando sobre la caja de una camioneta llena de bolsas de cemento y escombros. Cuando estoy haciendo equilibrio sobre el borde, balanceándome peligrosamente, Jung Chang abre la puerta.
- Es un placer conocerla, dice rigurosamente con la mejor sonrisa de dama británica. Después vuelve a mirarme y duda por un momento.
- ¿Está todo bien?
Ahora que logré pasar de la cornisa del cantero al alféizar de la puerta está todo mejor. Jung Chang vuelve a sonreír y ensaya una disculpa por “todo esto”. Todo esto son los albañiles trabajando en la remodelación de su casa en el número 5 de Chepstow Crescent, una callecita que hay que adivinar en el centro de Notting Hill Gate.
Ella se queda en la cocina de la planta baja preparando el té mientras yo subo al primer piso, a una sala de estar robada a alguna versión de Madame Butterfly. Un ventanal inmenso que deja ver un jardín verdísimo, muebles de madera con terminaciones que imitan pagodas. Cuadros de tela, fotos y pinturas con paisajes de China. La combinación de colores, texturas y formas que uno está acostumbrado a asociar con la tierra de los Dragones y la Gran Muralla.
Sobre los estantes de la biblioteca, los libros son básicamente literatura anglosajona. “Yo prefiero pensarme como una mujer internacional, cosmopolita”, dice Jung Chang, “porque aunque Inglaterra es mi hogar ahora yo me siento ligada emocionalmente a China, es algo que corre por mi sangre, siento una pasión por las cosas chinas que no podría sentir por lo que pasa aquí. Probablemente tú entiendes a qué me refiero…”
- A que ni la renuncia de John Major nos provoca lo mismo que la menor noticia sobre un pueblo remoto de nuestro país.
- Exactamente. Pero a la vez yo soy muy feliz aquí, estoy casada con un británico y vivimos felices. Tengo a mis hermanos aquí, con quienes nos vemos dos veces por semana. Hablo todo el tiempo con mi madre en China, incluso hicimos un viaje juntas a Brasil que fue muy hermoso y que un tiempo atrás no lo podríamos haber pensado.
- ¿Siente usted que está viviendo una suerte de exilio?
- No, porque creo que alguien vive en exilio si está esperando volver a su país cuando cambie el sistema político. Yo elegí vivir aquí, como tú puedes elegirlo. No tengo la entrada prohibida a China. Fue mi decisión.
Una decisión tomada con dificultad, sin duda. Jung Chang dejó China a las 8 de la noche del 12 de Septiembre de 1978 para estudiar en Londres. Atrás quedaba el Infierno relatado magistralmente en Wild Swans (Cisnes Salvajes). La persecución, la tortura, el odio, la destrucción de su familia, el agonizar por décadas de su padre perseguido por el mismo régimen al que había beatificado y por el cual había empeñado años de su vida. Atrás quedaba su propia adolescencia como miembro de la Guardia Roja, su dureza de entonces, su participación en requisas durante las cuales vio golpear y torturar hasta la muerte a jóvenes de su misma edad acusados de burgueses o traidores a Mao.
Es una larga historia, que llevó seis meses a su madre contarle al detalle, sesenta horas de grabación, un año de investigación en China y las 676 páginas de Wild Swans para relatar. Una historia de atrocidades y empeño por sobrevivir, de crueldades y miserias, de ideales y desencantos: la China del siglo XX a través de la zaga de tres generaciones de una familia. Desde la abuela a quien la quebraban los huesos de los pies y se los vendaban para que fuera más erótica y que fue vendida como concubina a un general Manchú, pasando por la madre de Jung Chang, una mujer extraordinariamente fuerte y aparentemente inquebrantable, hasta la misma Jung Chang, ahora vuelta académica en Londres.
Lo impresionante de la historia relatada en Wild Swans es la impúdica honestidad de la crónica. Jung Chang podría haber escrito un libro sobre héroes y villanos, y eligió en cambio testimoniar las contradicciones de la naturaleza humana.
- Usted dice en un momento en su libro que Mao “entendió los peores instintos humanos como la envidia y los celos y el resentimiento, y los conoció como para movilizarlos para sus propios fines”. Al leerlo recordé lo que Hanna Arendt escribió sobre la “banalidad del demonio” refiriéndose al Holocausto: con qué facilidad ciertas dictaduras pueden construirse sobre las debilidades de la gente común y corriente, sobre la vida cotidiana misma.
- Es muy cierto. Yo creo, por ejemplo, que una de las emociones humanas más poderosas es la envidia. Si alguien siente que es capaz de algo y no lo consigue, naturalmente tiene un nivel de resentimiento hacia los más exitosos. En la Revolución Cultural esto fue usado por Mao para poner a la gente en contra de los más exitosos. Entonces se le daba alguna etiqueta ideológica, como lucha contra los burgueses, o los capitalistas. Pero el sentimiento que llevaba a esta gente a denunciar a sus vecinos, perseguirlos, aún torturarlos, fue la envidia. Un instinto humano mucho más básico que las construcciones ideológicas: el resentimiento.
- ¿Cuánto puede hablarse de responsabilidad colectiva, de culpa compartida, en un régimen de esta naturaleza?
- Aunque por supuesto Mao fue el principal responsable del Holocausto chino, él no estuvo solo. Tuvo que tener la colaboración de la población. Mucha gente fue responsable de torturar, denunciar, perseguir a otra gente. Y muchos de ellos todavía no se sienten culpables, o no quieren preguntarse por el tema, y todavía usan una excusa muy conveniente: “Yo era leal a Mao”. Sucede que hay gente que simplemente tiene asesinatos sobre su conciencia, y la mejor manera de sobrevivir es no preguntarse sobre esos temas.
Jung Chang dice “el Holocausto Chino” como al pasar, y yo siento un escalofrío. Recuerdo el “camino maoísta a la liberación”, la credencial de revolucionario que daba a determinados políticos haberse encontrado con Mao, el Mayo de 1968 cuando los jóvenes europeos salían a la calle con la Revolución Cultural como bandera de lucha. El mismo año en que el padre de Jung Chang era conducido a la insanidad mental en un campo de concentración, en que ella misma fue enviada a un campo a realizar trabajo forzoso.
Jung Chang es más benevolente con Occidente que con su propio país cuando se trata de evaluar conductas. En este caso prefiere entender, quizá en su propio camino de autodefensa. “Yo sólo creo que fue un caso de desinformación, como nosotros no teníamos información sobre el mundo exterior, el mundo exterior no sabía nada de lo que pasaba en China. Y probablemente aquellos que se llamaban maoístas no sabían lo que significaba, y si lo hubieran sabido, quiero creer, se hubieran preocupado”.
La desinformación no es sólo un problema de Occidente, sino también de las jóvenes generaciones chinas. Unas semanas atrás, Jung Chang compartía una cena en la casa de una compatriota que reside hace varios años en Londres. Ella comenzó a hablar de la “hambruna” en China, y la hija, una adolescente, la interrumpió: “¿Qué querés decir por hambruna, que la gente se moría de hambre?”. La amiga mandó a su hija a leer Wild Swans, donde Jung Chang relata pormenorizadamente la malaria que mató a cuarenta millones de chinos en un año. Por los jóvenes de esa edad dice Jung Chang que le gustaría que su libro fuera publicado en China. Por el momento, las ediciones publicadas en Taiwán pueden llegar fácilmente, y son leídas por millones de chinos. Pero el día que el libro se publique en Pekín significará, finalmente, que algo ha cambiado en serio.
Los jóvenes son un tema que la preocupa especialmente, sobre todo teniendo en cuenta su propio pasado de pasión por causas que ahora detesta. Cuando uno vive bajo un estado sanguinario, los “pecados de juventud” pueden convertirlo en criminal sin darse cuenta: “Adolescentes y jóvenes son demasiado fáciles de manipular. Tiene que ver con la naturaleza del hombre y la mujer a esa edad. Uno quiere creer en grandes causas, uno quiere luchar, y uno no ha aprendido todavía a lidiar con la parte de violencia que, en mayor o menor grado, todos llevamos dentro. En algunos jóvenes esa parte violente es muy poderosa, y muy difícil de controlar hasta que uno se vuelve adulto, entonces sólo prevalace el afán de aventuras, de revancha, de pelea…”
- ¿Usted escribió su libro por razones políticas, personales, familiares…? ¿Lo escribió para usted, para su madre…?
- Al principio fue para mi madre. Yo siempre quise ser escritora, pero durante muchos años negué esta experiencia que me daba tanto trabajo recordar sin dolor. Hasta que mi madre vino a visitarme durante seis meses en 1988 y me contó por primera vez la historia de su vida y de mi abuela.
Pero ni bien me puse a escribir el libro, sentí que estaba escribiendo para la historia.
Jung Chang se comporta como si hubiera ya entrado en la historia. Venerada en Londres, donde su libro tuvo el raro privilegio de ser a la vez un best seller aclamado por la crítica “seria” y académica, entró a Occidente por la puerta grande. Precisamente lo que sus detractores sugieren es que su mirada tanto de China como del Oeste tiene que ver con el lugar privilegiado que ella ahora ocupa: no es lo mismo descubrir Londres como una intelectual exitosa que como un inmigrante desocupado viviendo en el East End. John Gittings, en su crítica en The Guardian, se preguntaba si Jung Chang no estaría “contando a Occidente lo que Occidente quiere escuchar sobre China. Habría que preguntarse también si China hubiera sido mejor o peor si el partido Comunista no hubiera tomado el poder”.
- Su libro termina con su último día en China. ¿Recuerda usted su primer día en Londres?
- Recuerdo mi llegada a Heathrow. Me sentía en otro planeta. Y después el momento de gran decisión que supuso entrar a un Pub. Creo que nunca una mujer china había entrado a un Pub. La traducción de Pub en chino es una palabra que significa “lugar indecente”. Entonces yo me llené de valentía, y creía que estaba haciendo algo muy importante y peligroso cuando entré. Por supuesto fue una gran desilusión cuando vi de qué se trataba.
- ¿No le dio pudor pensar en exponer su vida y la de su familia de forma tan pública?
- Yo conté sólo que quería compartir con otros. En el libro no hay sexo, por ejemplo. No hay nada que les permita a otros meterse con mi vida. Es, por otra parte, la historia de China del siglo XX.
Jung Chang no mide más de un metro cincuenta, cuando me recibió estaba descalza, con un vestido sencillo blanco que bien podría ser un moderno kimono o una túnica hippie comprada en algún puesto de Parque Centenario. El pelo largo y negro recogido en un gran rodete sobre la nuca. La piel fina y tersa, los ojos muy oscuros y brillantes, los modales suaves. Nadie podría creer que se trata de la misma mujer que ganó su beca a Londres por los callos que mostró en sus manos, ni la que durmió noches a la intemperie para ver a Mao. Ella, sin embargo, lo sabe y lo muestra con orgullo. “Vengo de una familia de mujeres fuertes. Mi abuela huyó de la casa del General donde era concubina cuando nadie se hubiera atrevido a hacerlo. Mi madre es extraordinaria, hizo cosas que muchos no hubieran hecho durante la Revolución Cultural. Y yo misma, bueno…yo soy una sobreviviente…”
- ¿Por qué cree que la mayoría de historias sobre China o de novelas testimonio de denuncias son escritas por mujeres?
- No creo que porque ellas sean más fuertes, creo que es porque son fuertes en un sentido diferente. Los hombres son fuertes para hacer política, pero al mismo tiempo siempre los educaron instruyéndolos para guardarse las cosas, para meter los sentimientos para adentro. En esa tradición de cancelar emociones, les matan la rebeldía.





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