Memoria Libre

  Por www.gabrielacerruti.com/ar el 1 abr 2010

MemoriaSurcos en América Latina
Número 3 – Año I – Junio-2004
El desalojo de la ESMA, el campo de exterminio más emblemático de Argentina permite contar, por primera vez, el verdadero drama de los desaparecidos. Un país debate qué es lo que no puede dejar de mostrar un Museo de la Memoria único en América Latina.
El pasado 24 de marzo, en Buenos Aires, un atroz campo de concentración fue convertido en territorio de la memoria. Ocurrió a pasos del Río de la Plata, muy cerca del estadio de River Plate, en un predio de diecisiete hectáreas ocupado hasta entonces por la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).
Ese día y en ese lugar, delante de sesenta mil argentinos, el presidente Néstor Kirchner firmó los papeles que transformaron este predio militar en un Museo de la Memoria. Por la cantidad de padres, madres, hijos, hermanos y amigos de desaparecidos en la ESMA que presenciaron la ceremonia, es posible que haya sido el funeral más grande de la historia latinoamericana.
Las madres más viejitas no siguieron al presidente. Aprovechando el portón abierto se metieron en la ESMA.

Todo empezó cerca del mediodía. Hacía calor y la gente se había amontonado en la entrada del predio, esperando que algo pasara. De pronto se abrió un pesado portón de hierro y apareció Kirchner. La multitud se le vino encima. En medio del desorden, el presidente avanzó hacia un escenario montado a pocos metros de allí, donde lo esperaban los artistas para empezar el homenaje programado.
Las madres más viejitas no siguieron al presidente. Aprovechando el portón abierto se metieron en la ESMA para escaparle al agobio y descansar bajo la sombra de unos cipreses. Se abanicaron, se consolaron, cerraron los ojos y volvieron a abrirlos. De repente se dieron cuenta de que estaban allí, solas, frente a la puerta del Casino de Oficiales. Allí, en ese mismo lugar, casi veinticinco años atrás, sus hijos esperaron el momento en que los subirían a los aviones para ser arrojados, aún vivos, al Río de la Plata. Estaban solas en ese lugar, frente a esa puerta que imaginaban cerrándose detrás de sus hijos, como tragándoselos.
La multitud se oía lejos. Allí, en ese instante, había silencio. Y llanto.
Una de las madres revolvió en su cartera hasta encontrar el teléfono celular. Marcó un número de muchos dígitos y esperó -todo mientras lloraba-, hasta que dijo: “Hija querida, ¿sabés dónde estoy? Adentro de la ESMA”. Su hija, sobreviviente del campo de concentración, la escuchaba desde su casa en Ciudad de México.
El silencio duró poco. Primero se acercaron los hijos de los desaparecidos. Formados en hilera frente al umbral del edificio, cada uno esperó su momento para dejar un clavel rojo al pie de la puerta-lápida. Otros se fueron arrimando. De pronto era una multitud la que estaba allí, junto a las madres.
Entonces se oyó un estruendo, golpes, gritos. Las puertas y las ventanas cedieron.

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