Por Gabriela Cerruti, desde Londres.
Desde la ventana del dormitorio alcanza a verse buena parte de la campiña. Dicen los telúricos que en la época en que Henry VIII llegaba al castillo a visitar a Anne Boylen se podía también ver el mar, y, en los mejores días, vislumbrar la costa de la Normandía. La cama es pequeña, y parece todavía más minúscula envuelta en los oropeles, los cortinados y los respaldos de madera y bronce. Acá comenzó la historia de la Iglesia Anglicana, cuando esa adolescente singularmente morocha que había aprendido modales sirviendo en la Corte Francesa rompió el corazón del Rey, y entre los dos rompieron las relaciones de los Británicos con el Vaticano.
Paradójicamente, el nuevo lugar común de los Obispos Británicos es decir que “lo que sucede en los dormitorios no es bussiness de nadie más que de los allí implicados”. Esto es sin duda una muestra de tolerancia, de decencia, e inevitablemente causa admiración si uno lo opone a las más comunes mentalidades prejuiciosas. Hay una sola cosa que tiene en contra: es absurdo. No sólo porque se trata de los Obispos de una Iglesia nacida en un dormitorio, sino también porque una religión que intente mantenerse fuera de los dormitorios no podría sobrevivir. ¿O de qué se trata una religión más que de una cantidad de cláusulas destinadas a regir la vida privada de los hombres?
Pero dormitorios, vidas privadas y Obispos son los tres pilares sobre los que se asienta una de las crisis más liminales de la Iglesia Anglicana desde que hace tres siglos Henry VIII la fundó para poder casarse con Anne Boleyn: tal vez una religión que se inició por problemas de alcoba esté destinada a morir de la misma manera, aunque esta vez los problemas no sean de Reyes sino de Obispos y de su relación con morochos (o rubios). Desde que hace seis meses Outrage! (“Atrocidad, atropello, desmán, escándalo, barbaridad, ultraje”, traduce el Collins), una suerte de grupo extremista gay, inició una especie de extorsión reclamando que los Obispos admitieran públicamente sus relaciones homosexuales -en un intento por obligarlos a liberalizar aún más el discurso y las posturas de la Iglesia sobre el tema-, no dejan de sucederse las historias más desopilantes: desde un Monseñor que ocultaba en su casa a su novio hindú a quien trajo de uno de sus viajes a Roma, hasta la conferencia de prensa de David Hope, el Arzobispo de Londres, quien admitió que se encontraba en una “zona gris” de la sexualidad en la que sentía inclinaciones por los dos géneros. “Outed” (descubierto) dicen cada vez los miembros del grupo gay, como si se tratara de jugar a la batalla naval.
La táctica de Outrage! se basa en enviar amables cartas a los Obispos con detalles de su vida amorosa, descripciones de sus actividades de la última semana, relato de amantes “arrepentidos” que cuentan cómo el Obispo los sedujo…Lo que sigue es una sobria invitación a hacer pública su homosexualidad y su respaldo a los grupos gay. Sin embargo, aunque indudablemente lograron desatar tamaña crisis en la Iglesia, los “fundamentalistas” liderados por Peter Tatchell no levantan demasiadas simpatías: para los miembros de su propio círculo es impensable que alguien esté usando las mismas tácticas que alguna vez, hasta hace muy poco, el resto de la sociedad usó con ellos. Para el resto, Tatchell está llevando adelante una suerte de blackmail, de extorsión, y eso siempre queda muy mal. El gobierno de John Major dejó clara su posición esta Semana Santa cuando designó a Hope Arzobispo de York, el cargo más importante de la Iglesia Anglicana, en reconocimiento a la forma “cool”con que había manejado la situación: el Obispo admitió ante los medios su bisexualidad pero al mismo tiempo mostró públicamente, por primera vez, las cartas de Tatchell. Hasta entonces, nadie sabía por qué de repente a los Obispos les había dado este ataque de honestidad-verborragia por el cual aparecían, a un promedio de uno por semana, admitiendo su homosexualidad.
La crisis parece no tener límite. Una de las situaciones más escandalosas se dio cuando el Obispo Barnaby Hill, de Hereford, explicó detalladamente su relación clandestina con un joven religioso hindú que vivía en su casa desde que se habían conocido en Roma. El joven volvió a Roma, pero Hill se mudó poco después a vivir con su nueva pareja, el Secretario General del Sínodo, Rev Sir Derek Pattinson.
Otro episodio que dividió a la Iglesia sobre el tema se dio cuando un diario publicó una charla privada de Canon Brian Brindley, quien en ese momento era el líder de la oposición a la ordenación de mujeres sacerdotes, contando sus fantasías sexuales cuando miraba jovencitos en la playa en Brighton. Después de la publicación, Brindley se negó a renunciar a su lugar en el Sínodo de Obispos alegando que se trataba simplemente de fantasías. David Holloway, un obispo ultraconservador de Newcastle, decidió enviar copia del artículo al resto de los obispos y lo forzó a renunciar. Siguiendo las reglas del mercado eclesial, Brindley aceptó una generosa oferta y pasó a la Iglesia Católica como asesor legal -después, claro, de arrepentirse y confesarse- y a Holloway su acto de persecución le valió el reproche de sus colegas: en el Sínodo siguiente fue separado de su cargo. Palabras más o menos, lo acusaron de “Botón”. Desde entonces se ha dedicado a liderar Reforma, un grupo que se opone tanto a la ordenación de mujeres, práctica finalmente instituida en los últimos dos años, como a los sacerdotes homosexuales.
La cuestión de los homosexuales y las mujeres sacerdotes siempre fue junta en las discusiones en el seno de la Iglesia Anglicana. En principio, porque cuando surgió el tema de la ordenación de mujeres dos prejuicios recorrieron a la liberal Inglaterra: uno era el que decía que una mujer de determinada edad que elegía seguir soltera era porque probablemente era lesbiana; el otro, éste en favor de la ordenación de mujeres, decía que quienes se oponían dentro de la Iglesia eran homosexuales que temían a la competencia que podían encontrar en sacerdotes que lucieran mejor que ellos en faldas y cuellito blanco.
Las posturas en cuanto a los gays se dividen de acuerdo con las tres corrientes tradicionales dentro de la Iglesia Inglesa. Los Evangélicos, siempre los más conservadores, sostienen que la homosexualidad es la expresión de un desorden de personalidad y que no debe ser tolerada entre sacerdotes, aunque no hay razón para hacer una cruzada en contra de ellos. Los Anglo-Católicos, que constituyen la mayoría, se inclinan por el pragmatismo y comienzan por la simple observación que la mitad de los sacerdotes (y muchas veces los mejores) son homosexuales, y que eso es simplemente fatalidad, como ser un buen bebedor, que puede ser pasada por alto si el resto de la personalidad congenia. Es algo que puede confesarse, y -si se considera un pecado- arrepentirse. Pero la parte católica que les queda les indica que normalmente la confesión cumple la función de tranquilizadora de conciencias y no sirve de mucho para cambiar actitudes o personalidades.
Los Liberales son los más sólidos intelectualmente y aseguran que Dios hace a los homosexuales como a los heterosexuales, así como hizo al mundo redondo a pesar de que la Iglesia creyó durante años que era chato. Por lo tanto, Dios también quiere que los homosexuales encuentren una forma de realización personal y social, así como los heterosexuales encontraron el matrimonio.
El argumento que predomina entre los Ingleses en general es el emocional, primitivo de alguna manera pero también ligado a la tradición de este país -hay países donde lo primitivo indicaría ser fascista, aquí indica ser tolerante-, sino para hacer algo “en defensa de” al menos para cumplir con la ancestral conciencia de “Do not care about any other bussiness”, o no meterse en lo que no le incumbe. Es incorrecto perseguir a la gente por sus opciones y no es de buenas maneras preguntar demasiado sobre asuntos personales.
El episodio de Hope fue el que dio vuelta la situación. Hasta entonces los británicos contemplaban entre indiferentes y divertidos lo que venía sucediendo: al fin de cuentas, ¿quién no sabe que los curas son homosexuales?, y en una sociedad acostumbrada a que cada uno haga lo que quiera mientras nadie salga lastimado la cuestión no despertaba demasiado interés. Hasta que Hope salió lastimado. O al menos montó una superproducción en ese sentido. ¿Quién no se enternece ante la imagen de un señor de sesenta años declarando frente a las cámaras de televisión que él admitía “encontrarse en una zona gris de la sexualidad, como la mayoría de los hombres y mujeres”, pero, al mismo tiempo, se negaba con dignidad a participar del chantaje al que Tatchell lo estaba sometiendo.
“Chantaje” fue la palabra que desató la indignación de la sociedad y de los diarios tabloid, o viceversa. “Todo muy bonito, y muy fácil cuando se trata de estos ancianos, a punto de jubilarse o morirse, ablandados por una vida adentro de la iglesia. ¿Por qué no se dedican con la misma violencia a los líderes de las comunidades musulmanas que envían todos los días a los homosexuales al Infierno?”, se pregunta Sarah, la señora que llega cada mañana a limpiar el hall de entrada de la London Clinic, y cuesta darse cuenta si a la señora le interesa más defender a Hope o que maten a los musulmanes, porque no es extraño que las dos posturas lleguen juntas.
“Soy como el buen samaritano: no puedo pasarme del otro lado”, se defiende Peter Tatchell, pero los beneficiarios de esa caridad no parecen tan contentos con su piedad. Los homosexuales, que saben lo que es la persecución, el blackmail y las presiones, sienten que ahora están adoptando ellos mismos, y contra ellos mismos, esas técnicas.
Paddy Scannell, un irlandés que todavía pide venganza por el juicio contra Oscar Wilde, cree que Tatchell es un ultraje para la comunidad homosexual. “Los gays vivieron en el miedo durante muchos años. Estuvieron en prisión, humillados, perseguidos y hasta asesinados por su condición. Fueron las primeras víctimas de la opresión de Stalin y Hitler. En la última década el SIDA los marcó como su principal peligro. ¿Cómo se entiende que un oprimido se convierta en opresor? Es la vieja historia del fin y los medios. Los medios tiñen a los fines, los deforman. Y, además, ¿Cuál es el fin real que persigue Tatchell más allá de la publicidad personal?
En un artículo de The Observer, John Mack Kenllel se preguntaba, en la misma línea, si no sería “demasiada ironía que en la Era de la tragedia gay algunos activistas hayan decidido utilizar el arma de la homofobia contra otros homosexuales. Para algunos gays debe parecer que su propia línea se está convirtiendo en un enemigo”.
Tatchell tiene su propia carrera de humillaciones: cuando era candidato del Laborismo para las elecciones de 1983 los partidarios de Margaret Tatcher se dedicaron a vituperarlo por su homosexualidad al punto que su partido le pidió que la ocultara. Sin embargo, fue un suceso cuando perdió en su distrito por apenas diez mil votos en un momento en que los Conservadores arrasaron, pero abandonó la política y desde entonces se ha dedicado a campañas extrañas y publicidad a toda hora: comandó una tropa de gays vestidos de monjas que desfiló en la Abadía de Westminster, se crucificó en la puerta del Parlamento, se dedicó a besar hombres durante dos días en Picadilly Circus, caminó con pancartas con los nombres de Obispos gays frente al último Sínodo. Y finalmente fundó Outrage!, la organización destinada a “blanquear” homosexuales.
Las opiniones sobre Tatchell son contradictorias. Algunos de los periodistas que lo entrevistaron, como Nicci Gerrard del The Independent , parecen quedar fascinados con sus modales, o con su apariencia. “Tatchell puede ser un hombre absolutamente ‘charming’. Su nariz es aquilina, sus mejillas vulnerables, su mentón pequeño y su apretón de manos amistoso y firme”. Para otros, en cambio, Tatchell es la imagen misma de la agresión, la impertinencia, la soberbia y hasta el fanatismo cercano al fundamentalismo.
Tatchell niega que lo que ellos estén practicando sea blackmail. “En Noviembre pasado nosotros nombramos diez Obispos Anglicanos durante el Sínodo General. Ninguno de ellos lo negó. Teníamos entonces cinco nombres más, que no nombramos en ese momento porque pensamos que era mejor intentar una persuasión privada. Les dijimos todo el tiempo que les daríamos el estímulo y el apoyo necesario para que tomaran confianza y se sintieran respaldados en la decisión de declarar públicamente su situación”.
La versión de Tatchell del episodio con el Obispo de Londres es que jamás nadie intentó chantajearlo. Que él mismo envió una carta en persona porque no quería que ningún secretario la abriera. De cualquier modo el truco fue demasiado obvio: en un sobre de Outrage! Y con la leyenda “For your eyes only” (“Sólo para su vista”) bastante más fuerte que los usuales “private” or “confidential”. Según Tatchell, después de enviar la carta tuvo una discusión de 45 minutos con Hope, conversación que fue “amistosa y cálida”. Para demostrar que jamás ejerció ningún tipo de presión, mostró cándidamente por televisión la carta de respuesta que le había enviado Hope: tapó el cuerpo principal y dejó que la audiencia leyera el saludo final donde el Obispo había escrito “Best Wishes”. Triunfante, explicó que “ese no parece el lenguaje de alguien que siente que es amenazado”. Para ser un hombre inteligente, un activista político y alguien con indudable imaginación, Tatchell resulta cándido en estos gestos. Winston Churchill hubiera finalizado una carta a Adolf Hitler con “Best Wishes”. Los británicos no distinguen entre amigos y enemigos cuando se trata de cultura epistolar: ¿por qué sugerir que iba a hacerlo nada menos que un Obispo en una carta que seguramente más tarde o más temprano iba a ser mostrada públicamente?
“¿De qué se queja Hope, finalmente? Le aseguramos que toda la jerarquía de la Iglesia está de su lado. Debería agradecérnoslo”, murmura indignado Tatchell. Pero no puede dejar de admitir, con una mueca de colegial traicionado, que Hope hizo algo no previsto con la difusión de la carta a la prensa. “No es de caballeros. Debería habernos avisado al menos, si pensaba hacer público algo privado”. Las contradicciones no son su fuerte.
“Ser gay es como ser Escocés o ser Laborista o Conservador. Decir simplemente que alguien es gay no es una intrusión”, dice el líder de Outrage!. “Es cierto, no debería serlo, y un mundo donde el límite entre lo público y lo privado dejara de existir porque nada de lo privado puede acarrear discriminación, vergüenza o riesgo sería un mundo más fácil de habitar. Pero en un mundo todavía intolerante y hostil, aunque formalmente ‘political correct’, ¿Por qué no respetar la opción de mantener algunas definiciones en privado? ¿Finalmente no se trata todo del derecho a optar?”, le contesta Vincent Porter, Profesor de Filosofía de la University of London, para quien el problema pasa por una forma de hacer política más que por una cuestión privativa de los homosexuales. “Es el problema de los temas convertidos al activismo político. Allí todo es blanco o negro. Allí se mezclan los lenguajes de la Filosofía, la Psicología, la Moral, con las prácticas de la Política, de la Mafia, del Estado. El mundo de los activistas tiene que ser certero, sin matices, sin dudas. ¡Si no te querés liberar, te liberamos nosotros! El mundo de los activistas se divide en nosotros y ellos, nadie en el medio”
Las encuestas de opinión indican que toda la simpatía pública quedó del lado del Ret. Rev. Dr. David Hope. Los tabloid están indignados, y los tabloid son los diarios que lee la gente: The Sun vende dos millones de ejemplares diarios, seguido muy cerca por The Daily Mail. Y ellos creen que Tatchell es, por lo menos, un “chantajista”, un “parásito”, una “lacra de la sociedad”. Otros son aún más terminantes, y sostienen que, en realidad, está haciendo lo que la mayor parte de los gays querría hacer, aunque jamás pueden admitirlo públicamente. David Bridle, el editor de The Pink Paper, el periódico gay de mayor tirada, fue quien más se acercó a algo así como una defensa pública. “Yo no podría de ninguna manera acordar con sus tácticas, o su estilo, pero creo que necesitamos gente como él. Está haciendo sólo lo que muchos gays secretamente desean hacer”.
Pero aunque los tabloid llevaron la delantera, ningún diario ni comentarista se privó de criticar a Tatchell hasta el hartazgo. Hasta el mismísimo The Sunday Times decidió tomar parte en el asunto:“Para aquellos que han decidido vivir su sexualidad en forma privada, Tatchell trae malas noticias.(…) OutRage! No podría existir sin la aprobación tácita de la mayoría de los homosexuales. La ironía del “factor Tatchell” es que los mismos homosexuales que una vez temieron la exposición por parte de un hostil y heterosexual mundo, ahora encuentran que sus mayores enemigos están dentro de su propia comunidad”.
Los sectores más progresistas, expresados usualmente por The Guardian plantearon la cuestión como un tema más global. El problema con toda esta cuestión, sostienen, es que los valores que hicieron siempre a la Iglesia de Inglaterra diferente – y que tenían que ver con los valores políticos y filosóficos de esta país, como eran su firme creencia en la discusión y el debate de ideas, su respeto irrestricto por el individuo y la libertad y su tolerancia a todas las posiciones- ha quedado patas para arriba.
“Es una tragedia, es un desastre, pero no porque es cruel, triste o desafortunado -aunque es todas esas cosas juntas- sino porque es un desastre acarreado por una virtud. Ahora la llaman hipocresía, pero fue durante años el firme respeto a la individualidad, el no juzgar sobre materias que no atañen a los demás”.





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