Viendo Vietnam

  Por www.gabrielacerruti.com/ar el 2 abr 2010

Vietnam (1)Una tarde en los arrozales, cruzando el puente de Thang Long.

Es difícil saber dónde termina Hanoi y dónde empieza el campo La enviada de Página l2 se alejó una hora de la capital vietnamita para relatar cómo se vive hoy en los arrozales que el mundo conoció a través de “El americano impasible”, la inolvidable novela de Greene, y de las tremendas imágenes de la guerra entre Vietnam y Estados Unidos.
Por Gabriela Cerruti desde Hanoi (PAGINA 12 EN VIETMAN)
Camina o salta, rápido, con pasos cortos, el ritmo parejo y los dos canastos balanceándose a cada lado del cuerpo, la cabeza apenas inclinada, el mentón hacia el sol y la cabellera negra hacia las profundidades de la tierra. La frase “grácil como un junco” ya no significa nada, de tanto usarla. Pero debería haber sido utilizada sólo una vez, y en su homenaje. ¿Una gimnasta húngara, una bailarina del Covent Garden, una actriz de Hollywood? Un pie delante del otro sobre su misma huella, en la cornisa de tierra que separa los lodazales, el pantalón de seda azul arremangado hasta la rodilla y la camisola blanca sobre su pecho blanco. Un pecho que, como aquel otro en una trinchera española, enfrenta el horizonte haciéndole preguntas al destino.


Las mujeres más viejas están en el agua, y las más jóvenes en el barro. En el agua hay que recoger las semillas de arroz germinadas, los brotes verdes que flotan sobre los lagos de lodo, y ponerlas en manojos en los canastos. En el barro hay que plantarlas, una junto a la otra, con apenas unos centímetros de distancia, cuidando que esté lo suficientemente espeso como para que puedan echar raíces. Con una mano se escarba el fango, y con la otra se aprieta el brote sobre el fondo. Es un trabajo un poco más pesado que pescar los plantines porque obliga a estar con el cuerpo inclinado por horas y por eso las jóvenes toman la posta de sus madres y abuelas.
El domingo, queda claro, es un invento cristiano. El arrozal amaneció poblado de sombreros cónicos como cualquier otro día. Por el camino los hombres van y vienen cargando los carros o empujando los bueyes. Pasa el cortejo de una boda: los novios saludan desde el triciclo mientras sus amigos siguen la caravana en bicicleta o corriendo. Pasa el cortejo de un funeral; el féretro de laca roja y dorada, el mantón de terciopelo morado y dragones bordados, las lloronas en negro desde la cabeza a los pies y los familiares con sus mejores galas. La sabia filosofía de la pobreza: reservar los lujos y las comodidades para la estancia más prolongada.
Por eso mismo los campesinos luchan por ganarles tierra a los cementerios esquivando las tumbas y armando sus cuadraditos de tierra en medio de los senderos. Un país con setenta y ocho millones de vivos tiene muchos más millones de muertos y no hay tierra para los unos ni para los otros. Pero vivos y muertos intentan convivir amable mente: ya no hay lugares reservados’ para cementerios, pero está prohibido mover una tumba de lugar. Se trata, entonces, de agudizar la habilidad para plantar rodeando las piedras que marcan el lugar reservado para los que fueron pero sin permitir que el agua inunde los cuerpos enterrados.
Europa conmueve por sus catedrales y esa perplejidad del alma que provoca la intuición del arte. África es portentosa: con sus supersticiones caprichosas y bárbaras, sus tribus salvajes y su prepotencia en permanecer ajena a los tiempos modernos. Hay algo diferente en las crueles, monumentales, elaboradas, miradas de los asiáticos. La sola antigüedad de sus religiones, de sus instituciones, sus historias, su mitología, es a la vez tan exuberante y tan íntima que atormenta. La comprensión de la ancianidad de la especie humana que sucede al encuentro con la perennidad de esta raza parece sobreponerse a toda explicación racional. Un joven vietnamita es, y queda claro, descendiente del hombre antediluviano. Desde Ganges hasta el pacífico esta parte del mundo parece sin dudas el gran laboratorio de la humanidad. La “officina Pentium”, escribió Thomas De Quincey.
Las jóvenes alientan a la más anciana del grupo para que pose para una foto y ella accede con alegría inocente. Se pone el sombrero, se lo saca, sonríe, levanta los brotes del arroz y los muestra triunfal a la cámara porque allí, no hace falta decirlo, se resume una historia milenaria: la vastedad de los imperios y las castas, los guerreros y los campesinos, Buda, Confucio y Ho Chi Minh. Ella luce espléndida en el podio privado de ese pedacito de barro seco, el manojo de yuyos chorreando gotas de lodo sobre su frente: el grupo aplaude con las manos unidas sobre el pecho, como en una plegaria, subiendo y bajando la cabeza en una inclinación que se repite para adorar, festejar o saludar, que es una forma de adorar al recién llegado y festejar el encuentro.
Los vietnamitas disfrutan de los otros, sean quienes fueren. Leen los cuadernos en los que uno toma notas ininteligibles para ellos, acercan un banquito de madera apenas uno se detiene un momento y ofrecen una pipa o una taza de arroz. “Los mirones’, les dicen sus vecinos del sudeste asiático: curiosos, sobriamente impertinentes.
Se los ve tan dispuestos a la buena vecindad que es difícil entender cuál es el momento en que determinan que el extranjero es el enemigo, el invasor y no conocen de piedades ni flaquezas.
“No es la pobreza violenta del capitalismo, la de la exclusión. Es la pobreza del atraso, del pasado prolongado
indefinidamente, una suerte de campesino de la Edad Media consternado frente a la visión del fin del milenio.”
Anduvimos una hora desde el centro de Hanoi para llegar a este arrozal, pero nunca salimos de la ciudad. ¿Se saldrá alguna vez? Las estadísticas dicen que el ochenta por ciento de la población vive en el campo, pero no parece muy cierta la frontera: el hacinamiento y el caos no terminan al cruzar el puente de Thang Long. Millones de universos, colores y formas se funden en cada metro cuadrado, pero esa diversidad se multiplica monótonamente a medida que pasan los kilómetros. La insólita “clase media” que comenzó a emerger luego de la apertura económica debió refugiarse en los hoteles americanos y japoneses porque no había construcciones capaces de responder a sus noveles pero urgentes necesidades y deben seguir revolviendo los canastos de las veredas para elegir sus ropas.
Vietnam es pobre, y la pobreza es uniforme. No hay niños desnutridos, ni ancianos enfermos o abandonados, no hay familias sin techo o sin alimento. El noventa por ciento de la población de este país fue a la escuela, tiene sus vacunas, trabaja, produce su alimento y come todos los días. Trabaja en el campo regando con tinajas de lata porque no existe la manguera, escribe sobre papeles que borra con miga de pan para poder volver a usarlos, transporta a lomo de buey de un pueblo a otro y come sentada en la vereda el arroz y las verduras que cosecha cada día. No es la pobreza violenta del capitalismo, la de los contrastes y la exclusión. Es la pobreza del atraso, del pasado prolongado indefinidamente, una suerte de campesino de la Edad Media consternado frente a la visión del fin del milenio.
La casa de Ho Chi Minh, en el centro de Hanoi, es el espejo en que cualquier vietnamita se mira y es por eso que la realidad parece más inevitable y menos cruenta. Una casilla de madera, de buena madera, sobre cuatro postes. Arriba, dos habitaciones, un dormitorio y un escritorio, una cama y libros esenciales. Abajo, un comedor para reuniones políticas completamente vacío salvo por una mesa central y diez sillas a su alrededor. El ascetismo del patriota más venerado es el mejor antídoto para la enfermedad comunista. Nadie puede desear más que Ho Chi Minh.
Por ahora. Los inversionistas americanos se quejan porque las esposas de los ingenieros y los hombres no quieren acompañarlos: en Hanoi no hay un lugar donde comprarse buena ropa, si uno no piensa en licuadoras, máquinas de café o camas solares. No hay lugares donde pueda habitar una familia “downtown”, ni escuelas a las que mandar a sus hijos. Por eso los hoteles se convirtieron en una ciudad dentro de la ciudad y comienzan a ser la primera expresión de las diferencias sociales. La mayor aspiración de todo vietnamita era ser soldado, médico, patriota. Tal vez en poco tiempo alguno se proponga ser rico.
Hubo desde siempre un Hilton Hanoi en la ciudad. Así llamaban los lugareños a la cárcel en la que se recluía a los soldados norteamericanos durante la guerra, desde donde hacían sus angustiados reclamos al mundo pidiendo el cese del fuego. Ahora hay un Hilton Hanoi de verdad, o más de verdad, que el otro. Los arquitectos que llegaron para la construcción viven en el Daewoo, uno de los grandes hoteles y apenas si conocen el camino que lo une con el aeropuerto. Tsung Von, uno de los conserjes, los atiende con cariñoso divertimento. Su padre ya pronosticó que el Flilton no tendrá buena fortuna. El padre de Tsung Von es un experto en geomancia, el arte de juzgar y manipular el ambiente: la orientación de las casas, las tumbas, las pagodas o cualquier construcción tiene que ser cuidadosamente evaluada para que los espíritus no perturben a quienes van a estar allí. Si los negocios van mal todo puede solucionarse cambiando una puerta de sitio, o moviendo la tumba de un antepasado. Los irreverentes arquitectos no consultaron a los geomantes.
“Los hoteles comienzan a ser la primera expresión de las diferencias sociales. La mayor aspiración de todo vietnamita era ser soldado, médico, patriota. Tal vez en poco tiempo alguno se proponga ser rico.”
En el diario de la ciudad, Vinh Yen se pregunta hasta dónde los que llegan pueden vivir sin atender a los que les precedieron. La respuesta, dice, quizá esté en las bellas costas del Ca Mau. Allí el Mam, una planta antiquísima, se hunde en el agua del mar para detener el aluvión y luego, enterrándose a sí misma, se convierte en barro para permitir que nazca el Duoc. La rutina del Mam-Duoc repetida por milenios es la que permite a Ca Mau crecer sobre el Pacífico. Sus padres comunistas le enseñaron que eso se llamaba dialéctica. Pero los hombres de negocios son como los conquistadores del siglo XVI: se lanzaron a la ruta buscando buenos negocios pero ahora están convencidos además de traer la panacea y la salvación y sólo pretenden que los nativos les permitan sumisamente cumplir sus proyectos mesiánicos.
Volver al Daewoo después de haber pasado la tarde en los arrozales provoca una extraña inquietud. Los empresarios que llenan el lobby estallan de optimismo y parecen convencidos de tener la llave de la prosperidad de Vietnam. A unas cuadras de aquí, en el, teatro más grande de la región comienza una función de Hat Tuong. Los actores están todos vestidos iguales, y sólo es posible distinguir uno de otros por algunos detalles. Momento sublime: ella muere, con el corazón atravesado por una espada. Entonces cae sobre el escenario mientras va sacando con delicadeza un pañuelo granate de su escote. La gente de las tierras del sur tiene la cara verde, los de las tierra del norte, negra. Un anciano piensa: se toca la barba. El público aplaude cuando aparece el actor con la cara pintada de rojo, símbolo de la valentía, la fidelidad y la lealtad. Ahora miran hacia el piso; sobre el escenario, se desliza sigiloso un actor con la cara pintada de blanco, anuncio de traidores y villanos.

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