El Pibe, de la periodista y política kirchnerista Gabriela Cerruti, es una biografía de Mauricio Macri, el jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires y candidato a la Presidencia. Es la historia del heredero de un empresario poderoso que nunca se sintió cómodo en ese papel y a quien la política ha alejado cada vez más de su padre, Franco, un hombre que entre su amor filial y los negocios K, no parece tener dudas de qué elegir.
Papá había tenido un infarto y yo me tenía que hacer cargo… Esas cosas de las familias, que se rompe la autoridad si el hijo no se hace cargo inmediatamente… Yo estaba yéndome a Estados Unidos. Me iba a quedar unos años para hacer un máster. Y tuve que volver-me de un día para el otro. Con veintitrés años. Y hacerme cargo de todo.” El relato de Mauricio Macri da cuenta del momento en que cambió su vida.
Estaba mudándose a Manhattan con su esposa Yvonne y su pequeña hija Agustina, dispuesto a llevar adelante un máster en Administración de Empresas. Había comenzado a ser parte de las negociaciones importantes de la familia al terminar de acordar con el magnate Donald Trump la venta del proyecto inmobiliario de Manhattan.
Fue entonces cuando recibió el llamado telefónico desde Punta del Este que le anunciaba que su padre, Franco, acababa de tener un infarto. Un mes después, estaba volando a Estados Unidos, pero para acompañarlo a Houston, a realizarse una operación de corazón. Los médicos descubrieron, entonces, que el jefe de la familia había tenido ya cuatro paros cardíacos, le recomenda-ron dejar de lado muchas de sus múltiples actividades e indicaron reposo al menos por un año. Franco no dudó. Mauricio volvió de los Estados Unidos designado gerente general de Socma en la primavera de 1982.
Educando al heredero
Parakaló es la palabra griega que significa “gracias”. Pero nadie sabe si ésa es la razón por la cual fue el nombre elegido por Franco Macri para la quinta en Los Nogales, que se convirtió, hasta la separación del matrimonio, en el gran refugio familiar de los Macri.
Allí llegaban cada fin de semana Franco, Antonio y María Pía, con sus parejas, sus hijos y los amigos del colegio. Allí llegaban también las visitas de Italia, los empresarios y los amigos que jugaban al golf o al bridge con Don Franco.
Cada domingo, invariablemente, Franco despertaba temprano a Mauricio.
En el living de sillones y muebles blancos, desayunaban mientras miraban las carreras de fórmula uno en el televisor de veinte pulgadas en blanco y negro. Después, Mauricio acomodaba un puf de espaldas al televisor y Franco se sentaba en el sillón grande, de espaldas al hogar.
Sobre la mesa de vidrio transparente jugaban al ajedrez por interminables horas. Mauricio era un buen jugador, formado desde pequeño en el colegio Cardenal Newman. Franco era un obsesivo competidor. Nada lo hacía distraerse del juego: ni los gritos desesperados de sus hijos menores en busca de atención, ni las visitas que llegaban para almorzar.
El padre gozaba su satisfacción justo antes del almuerzo. Llegaba triunfante a la mesa grande y anunciaba:
—Este pendeco pelotudo no me va a ganar nunca…
El ritual se repitió cada domingo durante casi tres años, entre los trece y los dieciséis de Mauricio. Una mañana, finalmente, Mauricio sonrió tímido:
—Jaque mate…
Franco miró las piezas desplegadas por unos segundos, en silencio.
Despacio, comenzó a guardarlas una a una, dobló el tablero y cerró la caja. Se paró, fue hasta el armario de puertas blancas y lo colocó en el estante más alto, al que tuvo que llegar en puntas del pie. Nunca más volvieron a jugar al ajedrez.
Era el final de la década del setenta. Mauricio sufría por la conflictiva re-lación con su padre, su propia timidez y por la presión de Franco para que terminara la universidad, se relacionara con los hijos de la clase alta y comenzara a formarse en la empresa.
Detestaba el rugby y el golf, los dos deportes por antonomasia de sus compañeros del Colegio Cardenal Newman en el que cursaba desde sus estudios elementales y era un fanático, pero mediocre jugador de fútbol.
Tras la separación de Alicia Blanco Villegas, su primera esposa, Franco vendió la vieja quinta familiar en Los Nogales y compró una nueva en Los Abrojos, San Miguel, donde mandó construir dos canchas para que invitara a sus compañeros a jugar. Sin tapujos, comenzó a contratar a conocidos futbolistas para que fueran a jugar con Mauricio y, de paso, le enseñaran algunos trucos para moverse con más soltura en la cancha. Parapetado en la presencia de jugadores de primera A, que alguna vez llegaron incluso a ser Diego Maradona o Gabriel Batistuta, Mauricio comenzó a organizar campeonatos entre las distintas divisiones del Newman que denominó “Los Cardenales”.
Franco era paradójico y contradictorio. Había decidido que Mauricio sería su delfín, su heredero, y que llegaría a donde él nunca había podido llegar. Pero, al mismo tiempo, competía, le exigía y lo menospreciaba.
A cambio de la cancha en Los Nogales, lo obligaba a jugar al tenis en el Argentino Lawn Tennis Club. El exclusivo club se había negado a aceptarlo entre sus socios hasta que Franco apeló a todos sus contactos políticos y empresarios para que le permitieran ingresar.
Mauricio se convirtió en un mediocre, pero obsesivo alumno de tenis. Practicaba horas y con meticulosidad su slide y jugaba partidos interminables con su profesor. Cuando terminaba, se desquitaba en largas tenidas de ping-pong con su primo Jorge.
La educación empresarial
“Cuando tenía apenas trece o catorce años, empezó a acompañarme en mi trabajo. Venía a la oficina cada vez que podía y, poco a poco, toda la organización fue conociéndolo. Ya más grande, empecé a llevarlo conmigo a reuniones y via-jes de negocios, para que aprendiese a desenvolverse en situaciones y países diferentes con personas muy distintas entre sí, y como un modo de que fuera adquiriendo las reglas que rigen el difícil arte de las negociaciones. Al principio absorbía todas mis palabras con devoción, pero aprendía con tanta rapidez que pronto empezó a manifestar sus propias opiniones.”
El relato de Franco Macri, con orgu-llo de padre, similar al que suelen exhi-bir todos en su condición, se refiere a la época de aprendizaje de Mauricio Macri, tanto en su formación ideológica como en su futura tarea empresarial. Franco preparaba a Mauricio desde los trece años para que algún día heredara sus empresas. Era el único de sus cinco hijos al que dedicaba esa atención.
Sandra y Gianfranco crecieron alejados del mundo de los negocios y la política. Rebeldes, con problemas de disciplina y atención en los estudios, cambiaron de colegios y de actividades durante toda su infancia y adolescencia.
Sandra se apasionó por las religiones orientales y el mundo de la mística y la parapsicología.
Gianfranco por la naturaleza y la alta tecnología. “Mis hijos calabreses”, bromeaba Franco. “Son inmensos, físicamente, de carácter, de espíritu.” Sandra y Gianfranco eran, sin duda, los más italianos de sus hijos, y los más proclives a no admitir los códigos de los Blanco Villegas, pero tampoco del nuevo mundo del jet set vernáculo que empezaba a frecuentar su padre.
Macri vs. Macri
La imagen proyectada sobre la pantalla mostraba el perfil del ingeniero y del constructor, enfrentados. Los atributos del hijo eran los defectos del padre. El era joven; el padre, viejo. El era la nueva Argentina; el padre, el pasado. El era el joven brillante con mundo; el padre, el inmigrante ignorante. El era el presidente de Boca; el padre, el dueño de todas las empresas. El nunca había sido político. El padre había sido menemista.
Roberto Vilensky, asesor para la cons-trucción de su imagen política, explicaba con detenimiento la estrategia.
Era imposible pensar siquiera en comenzar a diseñar un camino hacia la Casa de Gobierno si no lograba despegarse de la imagen de la empresa que había estado involucrada en negocios y negociados con los diferentes gobier-nos en los últimos veinte años pero, sobre todo, con la dictadura militar y el desprestigiado gobierno menemista.
La primera tarea de Mauricio Macri frente a la opinión pública era convencerlos de que se había hecho grande recién al asumir como presidente de Boca Juniors. Antes de eso, los negocios y las alianzas políticas eran de su padre, el gran responsable de todo lo que acontecía en las empresas.
La decisión de comenzar a transitar su propia senda, primero en Boca, pero luego en la política, iba a hacer eclosionar esa mezcla de competencia, admiración, juego de roles en que el hijo era el delfín, pero también el que nunca podría llegar; el que había sido preparado desde muy niño para heredar, pero el que era desacreditado públicamente en cada ocasión que se presentaba; heredero y boicoteado al mismo tiempo.
Pedido de insanía
Franco Macri escuchó de su propio psicólogo la novedad: Mauricio y Mariano lo habían consultado porque si la causa judicial avanzaba, debían realizar una pericia psiquiátrica para convalidar el pedido de insania.
El médico ya les había adelantado a los hijos que iban a tener que buscar a otro. Él no lo haría.
—¿Quieren probar que estoy loco para quedarse con las empresas? Franco no lograba distinguir entre el dolor y la bronca. Todo junto se agolpaba en su mirada incrédula.
—Doctor, ¿usted está seguro? Mis hijos, mi propia sangre, ¿quieren declararme loco para sacarme mis empresas?
—Algo así… loco, o viejo… que ya no puede manejarlas… Los tres hijos varones habían preparado una demanda para declarar insano a su padre y quitarle así la potestad del usufructo de las acciones que se había reservado.
“Está gagá”, repetía Mauricio, “no se puede manejar una empresa con un tipo que dice que se va y vuelve todo el tiempo. Enloquece a los gerentes, vamos a perder todo”.
—¿Es cierto que ustedes presentaron un pedido de insania de su padre para que no pueda seguir en el manejo de las empresas? Mauricio Macri balbucea.
—Bueno, no fue tan así… el viejo como siempre primero dijo que se iba, que dejaba todo, se tomó el buque, se fue a China…y a los dos meses volvió… de alguna manera había que pararlo. Toda la vida hizo lo mismo… es como muchas personas en una… es muy difícil… Gregorio Chodos prefiere no hablar del tema.
—Franco está muy mal con ese tema del juicio. Nadie quiere hablar de eso.
Franco sonríe con condescendencia.
“Y bueno… yo he sido no sólo el fundador sino también el gerente general de mis empresas. Es muy difícil que cuando se va el fundador haya transiciones tranquilas. Fue difícil… y seguramente alguno quiso traducir un simple traspaso de las empresas, en intrigas… pero eso pasa siempre cuando se retira alguien, digamos, un poco absorbente”.
Mauricio buscó convencer a sus hermanas para que se sumaran a la demanda, pero no lo logró. “Está sordo, no escucha nada», repetía frente a Florencia en un encuentro en Madrid. La joven se reía a carcajadas: «¿Cuándo escuchó? ¡Siempre fue sordo para lo que le conviene”»
El cartero
El esfuerzo por separarse de los negocios de la “Familia” se volvió una obsesión en el caso de la privatización del Correo, uno de los paradigmas de las concesiones otorgadas en forma directa por el menemismo a un grupo que en apenas tres años terminó despidiendo diez mil trabajadores, en quiebra, con una deuda millonaria con el Estado y teniendo que ser recuperada por el Gobierno.
—Yo ya estaba en Boca cuando mi viejo me llamó para preguntarme si agarraba lo del Correo. ¿Para qué me preguntás, si vas a hacer lo contrario de lo que te diga?
Mauricio Macri se ríe de su propio chiste. Toda la conversación se salpica inevitablemente de alusiones a los conflictos con su padre. A sus contradicciones y sus peleas.
—Pero insistió. Así que le dije, dale contame. Ahí me dijo que le habían prometido sacar una ley para prohibir el correo privado y los motoqueros, y unificar los gremios. Había como ochenta gremios, era imposible.
Le avisé, no aga-rrés hasta que no lo saquen. No lo van a hacer. El ministro de Trabajo era Erman González, que era de Yabrán… Pero obvio, no me hizo caso y agarró. Un desastre.
Franco siempre culpó, durante veinte años, a Mauricio de todo lo malo que sucedía en sus empresas y sus negocios. Mauricio comenzó pronto a sentir que Franco era el gran responsable de todos sus problemas en el camino de la política.
El padre lo consolaba, lo recibía después de las derrotas, lo maltrataba pero lo apañaba, le daba siempre una nueva oportunidad. Siempre y cuando estuviera dispuesto a ser el heredero. El hijo comenzó a sentir que el padre era su maldición. O era el delfín o no sería, nunca, nadie.
“Yo entonces era presidente de Boca”, insiste Mauricio, “no tuve nada que ver…”
Una postura difícil de explicar si se tiene en cuenta que no sólo era miembro del directorio del Correo, sino que fue en aquel verano en Manantiales donde se armó la estructura del negocio, y fue en su casa de Barrio Parque donde se llevaron adelante buena parte de las reuniones con los empresarios socios y con el gobierno menemista, en las que se decidió la concesión.
En el gobierno menemista, los grandes artífices de los contratos, las resoluciones y los decretos cuestionados luego por la Oficina Anticorrupción y la Justicia fueron el viceministro de Trabajo, luego ministro, José Uriburu, un abogado que había litigado por las empresas del grupo en varias ocasiones y que se convertiría con el tiempo en el aglutinador político del peronismo que acompañó a Mauricio Macri y en su socio en un emprendimiento agropecuario. Y Kammerath, entonces secretario de Comunicación y luego intendente de la ciudad de Córdoba.
Kammerath había compartido con Mauricio Macri las filas de la UCeDé y su ceremonia de asunción como intendente de Córdoba sería uno de los primeros actos políticos en los que se presentaría ya como eventual candidato.
Un dirigente peronista pampeano, Raúl Carignano, solía recordar el viaje en que acompañó a Mauricio Macri en diciembre de 1999 a presenciar la asunción de Kammerath como intendente de la ciudad de Córdoba.
“Estábamos llegando a la ciudad y teníamos previsto entrevistarnos con José Manuel de la Sota. Entonces se me ocurrió decirle:
—Cuidado con éste, Mauricio. Hace de encantador y es el tipo más malo que conozco.
Mauricio se recostó sobre el respaldo del asiento del auto, entrecerró los ojos y sonrió.
—Olvidate, me crié al lado del más encantador y más malo del mundo. Mi viejo.”
Fuente: http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0489/articulo.php?art=23155&ed=0489
0




Proyectos Legislativos












